
Fingiré que desconozco el sabor de la ausencia
que dejas cuando tus pasos empequeñecen los caminos
y solitarios quedan los ojos que te buscan.
Fingiré que el humo del cigarro seda mi corazón
y lo transforma en tambor que amarillea
recuerdos imprecisos, tardes de noviembre que perecen.
Fingiré que la voz, el teléfono y las cartas
son puentes que no se cierran ni siquiera
cuando las barcazas del futuro se hunden y zozobran.
Fingiré paciencia. Simularé que los relojes
son de cera incolora y se deshacen con cada golpe
de hora encogida sobre el penúltimo minuto.
Fingiré que se alejan ellas, las mañanas, cargadas
de gladiolos inventados cuando tu mano al aire
desliza tu adiós y me sonríen tus sueños.
Fingiré mi fortaleza. Haré como si mi soledad se dividiera
al pensarte y decir en voz alta tu nombre,
tu identidad, la percha vocálica que acoge tu cuerpo deseado.
Fingiré que soy capaz de vencer a esta nostalgia
que se empeña en convencerme de que el futuro
cabe en un solo mañana.
Fingiré. Podré inventar, inventarme un ánimo
inexistente, exagerado e irreal, una alegría que no tengo
cuando vacía de ti, busco tu abrazo.
Fingiré que esta espera en que te aguardo es indolora.
Fingiré una sonrisa cuando alguien sueñe
cerca de mi piel y me recuerde que es posible
que el amor deshaga el tiempo que no pasa.
Fingiré que no anhelo tu regreso para que puedas
esquivar la urgencia con que inconscientemente
reclamo tu lengua, tus ideas, tu sexo y tu presencia.
Fingiré ser ave dormida, apoyada en el quicio de la espera,
mientras desdoblo cada sombra prematura
que traen las estaciones que no son primaveras.
Fingiré. Seré impostora de mí misma
para que no te duela estar ausente de mi boca.
Fingiré. Puedo fingir que resisto la añoranza
de hallarme entre tus manos de dulce enredadera.
Puedo fingirme, alejarme de la lógica en la que me sabes
la mujer que te ama, quien trastoca el anochecer
y lo fragmenta en estrellas para que regreses
ocupando la amplitud de todas las veredas.
Fingiré. Simularé. Seré impostora del hoy que
denso se sujeta a mis caderas,
pero tú sabes, mi amor, que no podré fingirte,
que es imposible ocultar la huella del amor
que cada día en mi cabello de medusa exploradora
dejan tus dedos tibios y concretos, tu labio soñador
la voz que te recobra, el sol, tu cuerpo grato.
Fingiré que soporto la espera hasta que vuelvas,
pero tú sabes, mi amor, que aguardo
incluso las sombras azules de tus pasos.
Iré a ti, has dicho con palabras verdaderas.
La espera se hace tiempo que late innecesario.
Regrésate, mi amor,
regrésame tus labios.
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