ESPACIOS DEL DESEO: EL ASCENSOR
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El sonido de la megafonía del aeropuerto hace que mis pasos se aceleren.
La urgencia para realizar cualquier acción, abandonada tras la puerta del lugar en el que vivo antes de disponerme a salir de él unas horas antes, parece recobrar vida.
Respiro sin detenerme a observar los rostros de quienes, como yo, aguardan en las salas pletóricas de equipaje.
A las espaldas, sobre el suelo, encima de las sillas metálicas de rejilla acerada…los equipajes despliegan su presencia.
Evocan el instante previo a ser compuestos, organizados armoniosa o caóticamente en el interior de los objetos que los contienen.
La certeza de que guardan secretos les hace infranqueables a las miradas ajenas.
El destino compartido de algunos de ellos es una excusa para reconocerlos.
Bolsas, maletas y paquetes anónimos de contenido impredecible salpican el suelo brillante del aeropuerto.
Cada sala recupera la entropía que los viajeros interrumpen con sus pasos.
Las voces se condensan en los rincones.
Algunos cuerpos dormitan sobre las sillas, castigadas a ser parte de una serie indivisible de asientos. Ellos, como las voces, eligen los lugares más alejados del centro luminoso de las estancias quebradas de la terminal.
Camino de forma apresurada por el improvisado pasillo que construyen, aleatoriamente, los carros de los viajeros.
Intento respirar sin detener el ritmo de mis pasos.
Mis sentidos permanecen todavía adormecidos.
Es temprano.
El día apenas se empeña en amanecer. Dormita en los restos que permanecen anclados en la oscuridad de la noche inacabada.
La voz mecánica y simbólica de la megafonía dicta la orientación de mis pasos. Sus indicaciones son las órdenes que marcan mi camino. Mi destino.
La puerta de embarque está distante del pasillo que cruzo junto a otros seres que irradian transitoriedad e indiferencia.
Antes de acceder a ella, las puertas de un ascensor se abren sin esperar realmente que aquellos que nos disponemos a entrar en su interior aceptemos su presencia.
Un grupo de personas abordamos su interior, con cierta cautela.
Las paredes brillantes y frías realzan la asociación con un quirófano. Al fin y al cabo, los viajeros que hemos traspasado el umbral del ascensor somos cuerpos con equipaje. Acarreamos los vértices de un yo que se construye.
Irrumpo sin vocación en el ascensor. Al mismo tiempo, un hombre de ojos claros y otras personas esquivan mi cuerpo para situarse en ese espacio. Buscan un lateral del ascensor.
El espejo se empaña con nuestra respiración.
Los alientos se mezclan como los naipes antes de ser repartidos.
Se densifica el aire.
Se enlentece el ritmo de la sangre.
Aumentan los latidos de los corazones de seres que jamás han compartido más que ese instante que está tomando forma mientras el ascensor asciende.
El hombre de ojos claros dirige su intensa mirada hacia mí.
Está situado tras una mujer de cabellos lacios y oscuros. Su melena enturbia el frío del metal que cubre las paredes del ascensor.
Me resisto a mirarles pero no deseo separar en realidad mi mirada de ellos.
Se conocen. Estoy segura.
Los dos tomarán el mismo destino aunque se empeñan en simular distanciamiento.
Pueden ignorarse las miradas pero nunca los cuerpos.
Y sus cuerpos se llaman. Uno al otro.
El hombre está a la espalda de la mujer.
La recorre, primero con la mirada intencionada que adquiere precisión conforme sus ojos descienden hasta sus glúteos.
Se detiene a contemplarlos, con arrebatamiento. Respira de un modo agitado que contagia a mi aliento y lo hace también más vívido.
No deseo mirarle.
Quiero evitar que perciba que él, el observador, es escrutado por mi mirada observadora y curiosa.
El hombre se aproxima casi de un modo imperceptible a la espalda de la mujer. Saca una mano del bolsillo y, lentamente, la aproxima al cuerpo femenino que suscita su movimiento.
Se conocen.
Estoy segura.
Se desean.
Fingen anonimato pero la piel se reconoce una vez que ha sido compartida y penetrada. La piel está hecha de recuerdos inesquivables.
Lo sé.
También mi piel se ha modelado con la presencia reiterada de otras pieles.
Lo sé.
El hombre acerca la mano a la espalda de la mujer. Solo la aproxima hasta llegar a la distancia exacta para que ella, sin ser tocada, lo perciba.
Antes de que ella lo sienta, los ojos profundos del hombre me miran. Cruzan el interior del ascensor y se detienen mis ojos expectantes.
No puedo rehuirlos.
No deseo esquivarlos.
Se cruzan, su mirada y la mía.
Su respiración se agita.
Intento disimular mi excitación, que crece como la densidad del aire que nos envuelve.
Él no separa su mirada de mis ojos. La mantiene guardando la misma distancia que separa su mano de la piel cubierta de la mujer a quien desea rozar.
Continúa mirándome.
Mi excitación aumenta. No tiene sentido que esquive la evidencia. También yo le miro conscientemente. Le muestro mi intención. Me rindo a la fuerza de sus pupilas encendidas. Su mano no se detiene.
Despacio, casi tan lentamente como los instantes se suceden para cerrar el trayecto del ascensor, la mano masculina comienza a acariciar la espalda de la mujer.
Ella apenas reacciona.
Permanece impasible ,aunque se adivina la excitación que comienza a humedecer sus labios y su sexo.
Él me observa. Estoy segura que interpreta mi excitación sin equívocos.
Con firmeza, su mano desciende hasta el borde del vestido de la mujer.
Mi respiración se acompasa extrañamente con el movimiento y la decisión de su mano. Es una con la voluntad de este desconocido.
Percibo mi corazón. Sus latidos. La inmensidad de mi incipiente lujuria, compartida por él, por el hombre que la suscita.
Su mano se adelanta.
Mi respiración entrecorta mi aliento.
Sin dudarlo, la mano rechaza el vestido de la mujer y se dirige a la parte posterior de sus muslos.
Le observo.
La observo.
Con determinación, el movimiento masculino desemboca en el sexo de la mujer. Acaricia sus glúteos. Los excita.
Premedita en la piel femenina para que vibre. Para vibrar con el mismo compás.
El sexo del hombre desea emerger y expresar el incendio que lo mantiene erecto.
Su mano simula la penetración con su sexo, presentida en cada uno de los movimientos.
Mi excitación es un latido que él también percibe.
Acaricia a la mujer, le penetra su espalda, invade sus glúteos mientras su mirada no se aleja de mis ojos.
La acaricia mientras me suscita.
Provoca mi humedad. Él lo sabe.
Su certeza hace que su sexo busque desembocar en un climax blanco.
Sin dejar de mirarme, busca de nuevo con su mano la espalda de la mujer.
Ella se agita. Presiona los muslos para no permitir que la sensación de lascivia se difumine.
El ascensor detiene su itinerario ascendente.
Él no ha dejado de observarme.
Al abrirse las puertas aceradas, me sonríe con la misma intensidad que ha sentido su mano.
La mujer gira su espalda. Cruza su mirada con la mía. Entreabre los labios. Busca también mi mirada. Me sonríe.
La puerta abierta nos permite rozarnos antes de que cada uno de nosotros deje de ser parte de una mirada compartida.
Observo cómo caminan.
Se conocen.
Lo sé.
La piel no es capaz de fingir el anonimato ante otra piel que la ha recorrido y penetrado.
Lo sé.
Mi piel está construida con los trazos que han dejado otras pieles.
Comienzo a caminar.
La megafonía en este momento parece hablar un idioma incomprensible.
Una ráfaga ácida subyuga mi olfato.
El aroma a tabaco consumido en combustión absurda despierta una reacción intensa en mí.
Observo la puerta de un cubículo de paredes livianas y muros artificiales. Hombres y mujeres se agolpan adorando objetos cilíndricos.
A su alrededor, respiran aire denso y esquivo.
Fuman.
Liban el enésimo de los cigarrillos previos a su abstinencia forzada.
Agolpan sus bocas sobre la textura del papel del cigarro.
Repaso con la lengua mis labios.
Los baño en un acto casi reflejo que busca no solo la humedad sino el distanciamiento de este lugar.
Desearía que mis sentidos no hubieran despertado en el ascensor.
Adormecida, mi lujuria era apenas perceptible.
Desearía que ella hubiera continuado dormitando, como el amanecer remiso que se empeña en no acontecer todavía en este aeropuerto.
En realidad, mi lascivia es quien me dice que debería haber tomado otro vuelo.
Nuestro interior guarda todos los vestigios de la lascivia que ha ido calando nuestro deseo.



Percibo mi corazón. Sus latidos.
Lo habrá percibido él? y ella?